Partamos de una base que, aunque conocida por todos, tantas veces se nos olvida. El espectro radioeléctrico -sí, por donde van las ondas de la tele- es limitado. De ahí que, hasta hace poco, no hayamos podido tener una oferta relativamente amplia, y por lo que las cadenas a las que se les concede la oportunidad de utilizar ese espacio, por privado que sea su capital, siempre tienen una responsabilidad de carácter público. La emisión de contenidos por televisión es un bien público, porque el espacio que ocupa es de todos.

Esa tensión entre el carácter público del servicio y las tentativas de las cadenas privadas a hacerlo suyo y sólo suyo siempre ha caracterizado, de hecho, a la historia de la televisión, y la raya se ha cruzado unas cuantas veces. No siempre somos conscientes de todo aquello que deberíamos poder exigir a los medios. La información es el cuarto poder, una herramienta fundamental para el desarrollo, y a la vez es un ideal; la desinformación, en cambio, es el despropósito, la renuncia a trabajar productivamente con aquello que llamamos opinión pública.

Siempre hay quien no responde de sus responsabilidades, y desde luego Intereconomía TV ha olvidado el carácter de servicio a la ciudadanía que tienen los medios de comunicación. No emite para todas las personas y resulta profundamente hiriente en algunas de sus provocaciones; parece haberse olvidado del privilegio que supone poder asomarse al limitado espacio de las ondas, y parece haberse desentendido de la responsabilidad que implica el desarrollo de su trabajo.

La libertad de expresión, como el espectro radioeléctrico, también es finita, y según nuestra Constitución, termina donde empieza el derecho al honor de los demás. Por eso es la concentración que los colectivos lgtb han convocado esta tarde. Para protestar por el mal uso que se está dando a un espacio que es de todos. Porque a través de los medios lo personal se convierte en público, y la crítica destructiva no tiene sentido cuando ocupa un espacio colectivo. Porque todos tenemos derecho a encender la televisión sin toparnos, en ella, con ninguna calumnia o injuria hacia nosotros. Porque los medios, como servicios públicos, deben ser espacios de convivencia, y las faltas al honor, aunque se dirijan a un colectivo y no a un individuo, hacen daño.

¿Es el derecho a hacer este daño lo que reclamarán hoy durante la contramanifestación -la que han convocado los mismos que intentaron colapsar la ciudad contra el aborto-? Existe el derecho a difundir el pensamiento, y el derecho al honor; pero las agresiones verbales gratuitas no están en absoluto amparadas por la ley. ¿Debe prevalecer la irresponsabilidad sobre el honor, y la provocación del particular sobre el carácter público del espacio de las ondas? No lo creo.

Por eso, porque sí creo en la constitucional libertad de expresión, y no en las enredadas deformaciones que de este derecho quieren hacerse, estaré manifestándome cívicamente frente a la sede de Intereconomía esta tarde.

Advertisement