En algunos espacios concretos, es posible llevar una vida habitable; ser ciudadano y ser parte. Si nos alejamos un par de calles, hay que contar ya con un mínimo de valentía, de convicción y compromiso, para seguir adelante sin soltar la mano de la que caminamos. Sin darnos cuenta, ya somos la anécdota. Una vez fuera de los muros protectores del centro de Madrid, un gesto de cariño se convierte en una provocación; nuestra bandera es siempre la del equipo que juega fuera de casa.
Mirar hacia adelante implica pensar en todo lo que queda por conseguir: es inmenso, porque prácticamente, acabamos de empezar. Y aunque el refranero no lo recomienda, quizá éste sea uno de los casos en los que mirar atrás puede ayudarnos a coger impulso: también es cierto que hemos conseguido mucho en poco tiempo.
Es, sobre todo, una lucha a varias velocidades. Mientras a una minoría aquellos viejos gritos por la tolerancia nos parecen trasnochados y fáciles, hay para quienes están aún por llegar. Me veo reclamando, con mis amigos más cercanos, superar ese discurso. No quiero sólo que a la gente no le importe lo que hago o dejo de hacer con mi vida; esto siempre me ha quedado corto. Quiero dignificarla, dejar de verla señalada. Cuando un chico y una chica se dan un beso en la calle, nunca he oído a nadie alrededor diciendo que cada uno haga con su vida lo que quiera.
Entonces, por momentos, me enfado con el concepto de tolerancia, si tolerar es dejar ser, dispensar; si parece esperar, en contrapartida, una vaga señal de agradecimiento. Pero si salgo de la burbuja y miro alrededor, mi percepción cambia; veo comunidades de vecinos hasta países enteros por transformar. Entonces, las quejas anteriores parecen exquisiteces casi indignas -aunque no lo son-.
Así que, ante un mundo entero para el que las minorías son uno de los blancos preferidos del odio, cuesta mantener el optimismo -pero aquí pudo ser, la igualdad legal, sólo treinta años desde que acabara la tiranía-. No siempre se sabe por dónde empezar; juraría que nos estamos acomodando y delegamos siempre en los demás.
Y de vez en cuando, en medio de ese mapa gigante que nos hace casi invisibles, aparecen valientes; los vemos en las noticias. En algunas de esas ocasiones, nuestros protagonistas han tenido suerte y, otras -las más- no. El eco resuena y, aunque parezca que nada cambiará, han puesto su grano de arena. Esos pequeños héroes están por todas partes, y llevan ya mucho tiempo entre nosotros; desde mucho antes de que yo pudiera escribir estas líneas -puedo escribirlas, utilizarlas para dar la cara, gracias a ellos-.
Y, porque la mejor manera de recordarles y admirarles no es otra que tomar su relevo, es necesario un día como éste, como el Día contra la lgtbfobia. Un día para esas causas pequeñas del día a día, cuando ya sin miedo reclamamos dignidad, pero sobre todo, para poner los gigantescos cimientos que hacen falta donde algunas vidas permanecen inhabitables.
Tiene sentido reclamar un día para todos los demás días del año, por todas las personas que no se soltaron de la mano; por las que siguen hoy sin soltarla y para quienes, tan sólo por cogerla, se convierten en improvisados enemigos de su propia comunidad.
Francisco Pastor
Coordinador del Grupo LGTB de Juventudes Socialistas de Madrid





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