La carroza del Ayuntamiento de Tel Aviv ya no está invitada al próximo Orgullo de Madrid. La opinión pública está más bien dividida, pero un mensaje parece prevalecer: a los organizadores del evento no les corresponde hacer juicios de valor sobre lo ocurrido hace diez días en Israel. [Inferencia: los mariquitas sólo podemos hablar de cosas de mariquitas, y lo demás -respeto a los derechos humanos y cosas por el estilo- no figura entre nuestras competencias.]

En mi opinión, fragmentar los movimientos sociales de esta forma suele ser bastante dañino para la política -para la política de verdad- y, sobre todo, para la izquierda. Los organizadores del Orgullo, que aspira a ser un movimiento ciudadano global, y no sólo de una minoría, no quieren trabajar con una institución que ha justificado un atentado en el que han muerto civiles -concretamente, voluntarios-.  Me parece lógico: si quienes convocan un evento ciudadano como éste, que va a llenar ciudades enteras durante unos días, desistieran de tener una opinión sobre lo que ha ocurrido en Israel, no estarían haciendo política.

Tel Aviv pretende incluirse a sí misma como una capital de la convivencia y la diversidad, y ha elegido la causa lgtb para hacer bandera de ello. Mostrándose como una ciudad abierta con el colectivo, quizá se anulan otros debates sobre la brecha que existe entre los ciudadanos, o el odio que se respira hacia las personas que no pertenecen a su civilización. Y se supone que a nosotros nos correspondía ayudarles a promocionarse de esta manera, y contribuir a que el mundo sienta un poco más de simpatía hacia un país que, en política militar, comete un exceso tras otro. ¿Lo que se esperaba de nosotros era, de verdad, que dijéramos que sí?

¿Dejaríamos que el pregón del Orgullo corriera a cargo de un hombre que fuera, por ejemplo, homosexual y profundamente machista? ¿O por algún miembro del colectivo lgtb que hubiera realizado anteriormente declaraciones xenófobas? Sería difícilmente asumible, pero ¿y si trajéramos a alguien que ha evitado, ante los asesinatos cometidos en España por el terrorismo, condenar la violencia? Sería, básicamente, inimaginable. Pues esto, aunque ocurra al otro lado del Mediterráneo, no es diferente.

Por ello, por solidaridad entre los movimientos sociales, pero por coherencia también, aplaudo la decisión, que no debe haber sido fácil, de no seguirle el juego a la delegación de Tel Aviv. Porque un grupo lgtb que no intentara ver más allá de los intereses más inmediatos del propio colectivo no sería, en absoluto, un movimiento social.

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