Es una pregunta que me han hecho muchas veces a lo largo de mi vida, sobre todo, desde que hace cinco años se consiguiera la equiparación legal entre las parejas. ¿Es que acaso hay un día del orgullo heterosexual? y la respuesta es muy sencilla: sí, el 28 de junio. Porque aquellas agresiones que tuvieron lugar hace ya más de cuarenta años les sucedieron a unas personas cualesquiera, anónimas, como todos.

El Orgullo es un día que reúne memoria, por la tristeza de aquellos acontecimientos, protesta, porque hay que seguir luchando por la normalización y la dignificación, y sí, también fiesta, porque es la celebración de la diversidad, de la convivencia entre personas cuyas formas de vida e identidades son diferentes.

Lo que veremos -si queremos verlo, claro- estos días es que un chico gay no tiene por qué ser más extrovertido que cualquier chico heterosexual. Que una chica heterosexual se puede interesar más por el fútbol que una lesbiana. Que una persona bisexual no es alguien, que simplemente, quiera ir a por todas. Una orientación sexual no implica nada más que, en el caso de las minorías, claro está, un anhelo de reconocimiento.  Los estereotipos siempre andarán  en la retaguardia, pero si aprovechamos bien convocatorias como ésta, puede que la realidad se imponga.

Estos días, lo que vamos a hacer es política, en el mejor sentido del término. Va a haber millones de voces exigiendo respeto. Porque todas las sexualidades son iguales y las filosofías de vida no pertenecen a nadie.

Ayer, el grupo parlamentario del Partido Popular rechazó una proposición de ley contra la discriminación por motivos de identidad de género. El argumento con que se vetó esta iniciativa nos va sonando desde hace tiempo: ya todos somos iguales ante la ley. Y es que, como en Rebelión en la granja, todos somos iguales, pero unos más iguales que otros.

No importó que Óscar Blanco enumerara un sinfín de casos en los que las administraciones locales -y la autonómica- han discriminado a las personas que han cambiado de sexo, porque ya hay textos y reglamentos, en nuestra Comunidad, para que nadie se sienta desamparado, sea cual sea su historia. Hay nombres de oficinas, de departamentos, de despachos a los que acudir y formularios que rellenar -y por tanto, la discriminación no existe-.

Si es verdad que en Madrid alguien puede reasignar su sexo sin saltar sin red, ¿por qué siguen teniendo lugar estas experiencias en las que, quien ha cambiado, se encuentra, a veces indefinidamente, en un limbo en el que no es nadie? ¿Por qué a tantas personas, en su día a día, les resulta imposible conseguir que les llamen por su nombre? ¿No funcionaba Madrid, en esta materia, como un reloj? ¿Por qué confían más en las asociaciones que en la administración, entonces?

La realidad es muy diferente de la que se podría extraer del discurso, ayer, de la derecha. Sigue habiendo, entre la ciudadanía, rechazo al otro, y en la administración, miedo a penalizar el odio, a tomar parte y defender a la minoría. Está muy bien contar con una serie de recursos mínimos con los que acreditar una gestión, pero hay problemas -las trampas- donde no están actuando las leyes. Maniobras que se realizan de tapado, mirando de soslayo, fingiendo que el problema es cualquier otro. Y al final, a una persona transexual le resulta casi imposible encontrar un trabajo.

Llegar hasta esos recovecos también es reponsabilidad del poder político y en Madrid nos hemos encontrado con la peor de las perezas, la que no quiere molestar a un electorado pusilánime, y que aún defiende el derecho a la discriminación.

La carroza del Ayuntamiento de Tel Aviv ya no está invitada al próximo Orgullo de Madrid. La opinión pública está más bien dividida, pero un mensaje parece prevalecer: a los organizadores del evento no les corresponde hacer juicios de valor sobre lo ocurrido hace diez días en Israel. [Inferencia: los mariquitas sólo podemos hablar de cosas de mariquitas, y lo demás -respeto a los derechos humanos y cosas por el estilo- no figura entre nuestras competencias.]

En mi opinión, fragmentar los movimientos sociales de esta forma suele ser bastante dañino para la política -para la política de verdad- y, sobre todo, para la izquierda. Los organizadores del Orgullo, que aspira a ser un movimiento ciudadano global, y no sólo de una minoría, no quieren trabajar con una institución que ha justificado un atentado en el que han muerto civiles -concretamente, voluntarios-.  Me parece lógico: si quienes convocan un evento ciudadano como éste, que va a llenar ciudades enteras durante unos días, desistieran de tener una opinión sobre lo que ha ocurrido en Israel, no estarían haciendo política.

Tel Aviv pretende incluirse a sí misma como una capital de la convivencia y la diversidad, y ha elegido la causa lgtb para hacer bandera de ello. Mostrándose como una ciudad abierta con el colectivo, quizá se anulan otros debates sobre la brecha que existe entre los ciudadanos, o el odio que se respira hacia las personas que no pertenecen a su civilización. Y se supone que a nosotros nos correspondía ayudarles a promocionarse de esta manera, y contribuir a que el mundo sienta un poco más de simpatía hacia un país que, en política militar, comete un exceso tras otro. ¿Lo que se esperaba de nosotros era, de verdad, que dijéramos que sí?

¿Dejaríamos que el pregón del Orgullo corriera a cargo de un hombre que fuera, por ejemplo, homosexual y profundamente machista? ¿O por algún miembro del colectivo lgtb que hubiera realizado anteriormente declaraciones xenófobas? Sería difícilmente asumible, pero ¿y si trajéramos a alguien que ha evitado, ante los asesinatos cometidos en España por el terrorismo, condenar la violencia? Sería, básicamente, inimaginable. Pues esto, aunque ocurra al otro lado del Mediterráneo, no es diferente.

Por ello, por solidaridad entre los movimientos sociales, pero por coherencia también, aplaudo la decisión, que no debe haber sido fácil, de no seguirle el juego a la delegación de Tel Aviv. Porque un grupo lgtb que no intentara ver más allá de los intereses más inmediatos del propio colectivo no sería, en absoluto, un movimiento social.

En algunos espacios concretos, es posible llevar una vida habitable; ser ciudadano y ser parte. Si nos alejamos un par de calles, hay que contar ya con un mínimo de valentía, de convicción y compromiso, para seguir adelante sin soltar la mano de la que caminamos. Sin darnos cuenta, ya somos la anécdota. Una vez fuera de los muros protectores del centro de Madrid, un gesto de cariño se convierte en una provocación; nuestra bandera es siempre la del equipo que juega fuera de casa.

Mirar hacia adelante implica pensar en todo lo que queda por conseguir: es inmenso, porque prácticamente, acabamos de empezar. Y aunque el refranero no lo recomienda, quizá éste sea uno de los casos en los que mirar atrás puede ayudarnos a coger impulso: también es cierto que hemos conseguido mucho en poco tiempo.

Es, sobre todo, una lucha a varias velocidades. Mientras a una minoría aquellos viejos gritos por la tolerancia nos parecen trasnochados y fáciles, hay para quienes están aún por llegar. Me veo reclamando, con mis amigos más cercanos, superar ese discurso. No quiero sólo que a la gente no le importe lo que hago o dejo de hacer con mi vida; esto siempre me ha quedado corto. Quiero dignificarla, dejar de verla señalada. Cuando un chico y una chica se dan un beso en la calle, nunca he oído a nadie alrededor diciendo que cada uno haga con su vida lo que quiera.

Entonces, por momentos, me enfado con el concepto de tolerancia, si tolerar es dejar ser, dispensar; si parece esperar, en contrapartida, una vaga señal de agradecimiento. Pero si salgo de la burbuja y miro alrededor, mi percepción cambia; veo comunidades de vecinos hasta países enteros por transformar. Entonces, las quejas anteriores parecen exquisiteces casi indignas -aunque no lo son-.

Así que, ante un mundo entero para el que las minorías son uno de los blancos preferidos del odio, cuesta mantener el optimismo -pero aquí pudo ser, la igualdad legal, sólo treinta años desde que acabara la tiranía-. No siempre se sabe por dónde empezar; juraría que nos estamos acomodando y delegamos siempre en los demás.

Y de vez en cuando, en medio de ese mapa gigante que nos hace casi invisibles, aparecen valientes; los vemos en las noticias. En algunas de esas ocasiones, nuestros protagonistas han tenido suerte y, otras -las más- no. El eco resuena y, aunque parezca que nada cambiará, han puesto su grano de arena. Esos pequeños héroes están por todas partes, y llevan ya mucho tiempo entre nosotros; desde mucho antes de que yo pudiera escribir estas líneas -puedo escribirlas, utilizarlas para dar la cara, gracias a ellos-.

Y, porque la mejor manera de recordarles y admirarles no es otra que tomar su relevo, es necesario un día como éste, como el Día contra la lgtbfobia. Un día para esas causas pequeñas del día a día, cuando ya sin miedo reclamamos dignidad, pero sobre todo, para poner los gigantescos cimientos que hacen falta donde algunas vidas permanecen inhabitables.

Tiene sentido reclamar un día para todos los demás días del año, por todas las personas que no se soltaron de la mano; por las que siguen hoy sin soltarla y para quienes, tan sólo por cogerla, se convierten en improvisados enemigos de su propia comunidad.

Francisco Pastor
Coordinador del Grupo LGTB de Juventudes Socialistas de Madrid

Partamos de una base que, aunque conocida por todos, tantas veces se nos olvida. El espectro radioeléctrico -sí, por donde van las ondas de la tele- es limitado. De ahí que, hasta hace poco, no hayamos podido tener una oferta relativamente amplia, y por lo que las cadenas a las que se les concede la oportunidad de utilizar ese espacio, por privado que sea su capital, siempre tienen una responsabilidad de carácter público. La emisión de contenidos por televisión es un bien público, porque el espacio que ocupa es de todos.

Esa tensión entre el carácter público del servicio y las tentativas de las cadenas privadas a hacerlo suyo y sólo suyo siempre ha caracterizado, de hecho, a la historia de la televisión, y la raya se ha cruzado unas cuantas veces. No siempre somos conscientes de todo aquello que deberíamos poder exigir a los medios. La información es el cuarto poder, una herramienta fundamental para el desarrollo, y a la vez es un ideal; la desinformación, en cambio, es el despropósito, la renuncia a trabajar productivamente con aquello que llamamos opinión pública.

Siempre hay quien no responde de sus responsabilidades, y desde luego Intereconomía TV ha olvidado el carácter de servicio a la ciudadanía que tienen los medios de comunicación. No emite para todas las personas y resulta profundamente hiriente en algunas de sus provocaciones; parece haberse olvidado del privilegio que supone poder asomarse al limitado espacio de las ondas, y parece haberse desentendido de la responsabilidad que implica el desarrollo de su trabajo.

La libertad de expresión, como el espectro radioeléctrico, también es finita, y según nuestra Constitución, termina donde empieza el derecho al honor de los demás. Por eso es la concentración que los colectivos lgtb han convocado esta tarde. Para protestar por el mal uso que se está dando a un espacio que es de todos. Porque a través de los medios lo personal se convierte en público, y la crítica destructiva no tiene sentido cuando ocupa un espacio colectivo. Porque todos tenemos derecho a encender la televisión sin toparnos, en ella, con ninguna calumnia o injuria hacia nosotros. Porque los medios, como servicios públicos, deben ser espacios de convivencia, y las faltas al honor, aunque se dirijan a un colectivo y no a un individuo, hacen daño.

¿Es el derecho a hacer este daño lo que reclamarán hoy durante la contramanifestación -la que han convocado los mismos que intentaron colapsar la ciudad contra el aborto-? Existe el derecho a difundir el pensamiento, y el derecho al honor; pero las agresiones verbales gratuitas no están en absoluto amparadas por la ley. ¿Debe prevalecer la irresponsabilidad sobre el honor, y la provocación del particular sobre el carácter público del espacio de las ondas? No lo creo.

Por eso, porque sí creo en la constitucional libertad de expresión, y no en las enredadas deformaciones que de este derecho quieren hacerse, estaré manifestándome cívicamente frente a la sede de Intereconomía esta tarde.

Un año más, el Col·lectiu de Lesbianes i Gais de La Safor (CLGS) lanza su campaña “Per falles, respecta la diversitat. No cantém maricón el que no bote“. Aunque el apoyo institucional que ha recibido la campaña no ha llegado todavía a Valencia, capital de las fallas, sí ha sido colgada desde el balcón del Ayuntamiento de Gandía, y ha recibido el apoyo de Tavernes de la Valldigna.

Parece que los colectivos encargados de la realización de las fallas se han comprometido a sustituir este término tan vacuo, y a la vez tan despectivo, para no ofender a nadie. Ahora sólo queda que la gran población que se queda fuera del tejido asociativo hagan suya también esta reivindicación, lo cual llevará algo más de tiempo.

Me hace gracia pensar en la cantidad de gente que nos llamará hipersensibles, o que dirá que campañas como ésta son innecesarias, una vuelta de tuerca. Que dirá aquello de que maricón es un término ya falto de agresividad, de intencionalidad, que ya no ofende a nadie, que pedirle a alguien que deje de usarlo. ¿Qué es un maricón, de todas formas? es una confusa y vacía mezcla de conceptos, es algo que está a medio camino entre la homosexualidad y la transexualidad, es un término creado desde la ignorancia, que no señala ni a los homosexuales ni a los transexuales. Maricón es, entonces, todo aquello que no es un hombre heterosexual.

Pero no es sólo una cuestión de terminología, sino el contenido de la rima. Tenemos que botar porque no queremos ser maricones. Inferencia: ser maricón es malo. ¿No es lógico que esta rima resulte violenta como tal? Lo que me extrañaría es que hasta ahora sólo parezca ofender al colectivo lgtb.

Es el segundo año -creo- que se lleva a cabo esta campaña. Sólo desear toda nuestra suerte al colectivo LGTB de Valencia, que se merece, desde luego, disfrutar de las fallas sin que nadie hiera su sensibilidad. La inclusión es el único sentido que puede tener una fiesta como ésta.

El colectivo de gays y lesbianas COLEGAS se une a la petición de los antiabortistas para que el Rey no firme la ley del aborto

El Colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (COLEGA) de Castilla-La Mancha, ha enviado a http://www.majestadnofirme.com/ su adhesión, a través de su presidente Guillermo Rodríguez del Valls.

RELIGIÓN EN LIBERTAD, Alejandro Campoy.- Las razones que desde este colectivo se han ofrecido a ReL para argumentar su adhesión son firmes: la ley del aborto impulsada por el Gobierno rebasa todos los límites no sólo de la legalidad reflejada en los grandes textos internacionales de Derechos Humanos, sino que en sí misma consagra y permite un atentado contra la vida humana que además es un atentado contra la propia dignidad de la mujer.

En conversación con ReL, el presidente del colectivo, Guillermo Rodríguez, ha querido dejar muy claro también que su adhesión representa a la asociación de Castilla-La Mancha. http://www.majestadnofirme.com/.

Este apoyo es especialmente significativo desde el momento en que viene a demostrar que la defensa de la vida humana está al margen y muy por encima de otras cuestiones de tipo partidista e incluso confesional. Se trata de algo que concierne a todas las sensibilidades, creencias e ideologías, lo que viene a reforzar la necesidad de que el Rey atienda esta petición.

El Grupo LGTB de Juventudes socialistas de Madrid, con motivo de la celebración del uno de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el SIDA, quiere mostrar el apoyo y la solidaridad que mantiene hacia aquellas personas que conviven con el VIH/SIDA, diciéndoles que la lucha sigue y que no están solos.

El Día Mundial de la Lucha contra el SIDA surgió de la Conferencia Mundial de Ministros de Salud sobre programas de prevención del SIDA, celebrada en Londres en 1988.

En la actualidad, el VIH/SIDA afecta a cerca de 40 millones de personas y es una de las primeras causas de mortalidad y subdesarrollo en diversas zonas del mundo. Cada año hay 4 millones de nuevos infectados por el VIH, un virus y 2 millones de muertes por esta enfermedad, que también se ha colado en nuestro país, uno de los más afectados de la Europa Occidental.

Aunque en un principio la problemática del SIDA se relacionó, de forma intencionada, con el entorno de los hombres homosexuales, hace tiempo que convive entre todas y todos. Cada vez hay más infecciones en todos los sectores de la sociedad, y es por eso que no podemos perder la oportunidad de concienciar sobre el peligro que supone, buscar la implicación en esta lucha de todos los agentes sociales, y hacer un llamamiento constante a la responsabilidad individual de todas las personas. Es evidente que no podemos mirar hacia otro lado y dar la espalda a una enfermedad que mata a miles de personas al cabo del año.

La lucha contra el SIDA no pasa por la estigmatización, como se ha pretendido hasta ahora, de nadie. Lo que es necesario es más información y más sensibilización, sin dejar de trabajar junto a las personas que, lamentablemente, conviven con esta enfermedad.

Y sobre todo, prevención. Porque el contagio del VIH se puede prevenir y es nuestro deber, el de toda la ciudadanía, hacerlo.

Uno de los objetivos de nuestra campaña a lo largo de las Fiestas del Orgullo es sacar los actos reivindicativos y de concienciación fuera de las fronteras de Chueca, que es donde creemos que hacen más falta.

Por ello, mañana domingo 28 de junio, Día Internacional por la Diversidad Sexual, el Grupo LGTB de Juventudes Socialistas de Madrid convoca para una besada en la Plaza de Santa Ana, en en el centro de Madrid, a las 19.00 horas.

Esperamos contar con vuestra asistencia  : )

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